Bitácoras de viaje – #3. Compañías (Tarifa)

Llevaba poco más de tres semanas en España y por esos días estaba en Punta Paloma, Tarifa; una pequeña bahía alejada de la ciudad, sobre una gran duna que daba color al paisaje de cada mañana. Era nuestra última tarde ahí y junto con dos amigos decidimos ir a conocer una de las playas escondidas a varios kilómetros de distancia. Si bien la idea era ir caminando, la gran fuerza del viento combinada con la arena de las dunas hizo imposible el paseo, por lo que decidimos hacer dedo, y en menos de cuarenta minutos ya estábamos en la entrada del bosque que conducía a la playa. Al llegar nos acomodamos tras una enorme roca para evitar los embates del viento e inmediatamente me propuse hacer lo mismo que hago en cada lugar nuevo que visito: sacar una foto del mate. La perspectiva era clara, con un mar furioso que se estrellaba con fuerza en las rocas de la orilla mientras el viento se ocupaba en despeinar la cresta de las olas. EN ese momento vi perfectamente dónde ubicarme para tomar la foto: una piedra impoluta nacía de la orilla y se teñía de cuatro o cinco colores cada vez que una ola rompía en ella. Ubiqué el mate encima mientras el viento y la arena se fusionaban para lastimarme las piernas y para hacer dudar al mate de su armónica ubicación; se veía su inseguridad, el desequilibrio constante, pero para mí era muy importante sacar la foto. Había tiempo. En ese momento, mientras presionaba el obturador, una ola magnánima se fusionó con el viento y mientras la fuerza de ella irrumpió sobre la roca, él se ocupó de desbalancear el mate, que cayó en paralelo hacia el mar. Instantáneamente solté el celular y a ciegas zambullí mis manos en la corriente, como si una especie de simbiosis me guiara al lugar exacto donde estaba. Lo que ya no estaba era la bombilla, que se había ido con la resaca de las olas. No había tenido tiempo siquiera de mirar las fotos cuando me invadió una gran angustia: angustia y desesperación.

Dentro de dos días volaba a Francia para trabajar en un festival y yo, desprevenido como siempre, no llevaba conmigo otra bombilla.

Al regreso de la playa pregunté de algún lugar donde conseguir reemplazo de aquel tubo de ilusiones, pero en Tarifa no había ninguno.

La tarde del día siguiente viajaba a Sevilla, ciudad donde tenía el vuelo, por lo que aún mis esperanzas no estaban agotadas. Sé que puede sonar exagerado, anecdótico o incluso insulso, pero para mí el mate es una compañía necesaria, sobre todo al estar tan lejos de mis afectos recurrentes. Es un cable a tierra que me lleva sin barreras a casa con mis amigos o al club del barrio, y todavía no estaba tan seguro de querer soltar por completo mis cimientos.

 

Volcar la yerba
a 45 grados
y acompañar con la palma de la mano
la dulce simetría

Tapar un extremo de la bombilla
– que no escapen los silencios –
y zambullirla lentamente
sobre el surco de agua tibia

Dejar que el líquido caiga
oblicuo
vistiéndose de espuma
calmando ansiedades

Inhalar el silencio
Exhalar el sonido

Dar el primer sorbo
con la sutil ligereza
con la que se dan
los abrazos en verano

Encadenar las ideas
Cadenciar los suspiros

Para poco a poco
ir aprendiendo
lo bonito que es
sentirse acompañado

 

Sevilla es una ciudad andaluza que alberga cientos de argentinos y argentinas, por lo que sentía que no podía ser tan difícil conseguir una nueva bombilla. La única dificultad era el tiempo, ya que llegaba a las nueve de la noche y a las tres de la tarde del siguiente día partía rumbo a París. En un atisbo de coherencia recordé que una amiga de Buenos Aires vive ahí, asique sin mediar siquiera formalismos le envíe un mensaje redactando lo único que me importaba en ese momento “Sabés dónde puedo comprar una bombilla?” Al rato contestó. La respuesta no solo era negativa, sino que me contó que de su último viaje a Argentina su familia trajo una decena de bombillas precisamente porque ahí no se conseguían.

Me invadió una mezcla de desazón y tristeza. Me imaginé un mes en Francia sin poder tener el consuelo de cebar un mate cada mañana y empecé a sentirme atrapado por ir a un país donde ni siquiera hablo la propia lengua. Todas las esperanzas que en mí habían nacido para la nueva experiencia se vieron disueltas, corrompidas. Todo por una estúpida foto.

A las nueve de la noche, como estaba previsto, llegué a Sevilla. Llevaba un mes en Europa y hasta ese momento nunca había gastado dinero en alojamiento, por lo que esa noche no sería la primera vez. Comencé a caminar las calles encendidas de la Ciudad mientras esperaba respuesta a mis diez solicitudes de Couchsurfing, las cuales nunca llegaron, y la Plaza de San Sebastián se presentaba como el mejor lugar para pasar la noche.

Fue entonces que decidí volver al enunciado principal de esta ciudad. Sabía que está llena de argentinos, por lo que si me contradigo y pago una noche en un hostel de seguro encuentre a alguno,y este quizás, haya sido más precavido y traiga consigo una bombilla de más. Voilá. Era un plan perfecto. Desde luego que no tomara mate no era una opción en este silogismo. Me acerqué a un bar sobre la avenida Carlos V y pregunté por el lugar más barato para pasar la noche. Me guiaron a través de una calle angosta repleta de hostales hasta que di, por fin con el indicado. Eran casi las once de la noche cuando terminé el pequeño proceso burocrático y me asignaron la habitación nueve, en el primer piso. En realidad no escuché cuando la empleada me dio esa información, ya que mi cerebro giraba en torno a una sola pregunta, la cual deslicé sin cuidado justo después de pagar.

  • Disculpá ¿sabés si hay algún argentino despierto? Es para tomar unos mates

Salió de su lugar en el mostrador y entre risas me guió por un pasillo.

Pasamos a la sala común del hostal y allí me presentó a Leo, que estaba leyendo uno de los tantos libros que enarbolaban la estantería. Él tenía unos treinta años y llevaba los últimos cinco viajando. De hecho, él también se iba al día siguiente: partía hacia Isla Mauricio, cerca de Madagascar, ya que un amigo suyo le había conseguido trabajo de temporada. Todo esto, por supuesto, había sido conversado mientras compartíamos tan ansiado ritual. Ansiado por ambos, ya que los dos, de algún modo, estábamos unidos por la ausencia: yo tenía termo y mate, mientras que Leo solo tenía una bombilla. Nos quedamos conversando hasta las dos de la mañana cuando él, prudentemente, decidió irse a dormir, ya que su vuelo partía dentro de siete horas. Me despidió como si me conociera de toda la vida, y cuando atiné a devolverle la bombilla se negó. “es un regalo, – me dijo – Donde voy está lleno de cañas, en cinco minutos me fabrico una nueva. Además, quiero seguir viendo fotos del mate- “ remató

El alma me volvió al cuerpo y la bombilla fue re-estrenada al día siguiente en Plaza de España, donde compartí unos mates con una pareja de argentinos que se habían olvidado el suyo en Barcelona, y también buscaban en aquella infusión el sabor amargo que da la compañía.

 

También podés escuchar el podcast en mi canal de youtube Hernán Ansede, o mismo entrando en este link https://www.youtube.com/watch?v=cHYC2pk7OA8&feature=youtu.befbclid=IwAR0dRIXKhfQ9r6dlt3AN8QRDB4LKVX1SCcQdOYE10pGQ1mOz4b6K1Jbdonk

Mismo podés seguirme a través de mi instagram @mateviajero_ , donde voy subiendo los distintos capítulos, fotos de viaje y, por supuesto, poesía, cuentos y relatos.

Bitácoras de viaje – 2. Cádiz

Cádiz, ciudad de mil pasados. Cuentos de guerra, comercio y roca húmeda. La cirquería romana, el clamor de los fenicios. Cádiz de playa y de castillos, ciudad partida al medio. Al norte, como siempre, el esnobismo; las calles lustradas, las paredesde algodón. Dicen también que las playas son de nieve y que los días lunes nunca sale el sol.

Cruzando las murallas olvidadas y tiñiendo las pupilas hay historia. Paredes dibujadas al unísono y faroles de paisaje. Las calles se confunden con los sueños y el cielo se ilumina dependiendo quién lo mire. Síntoma kafkiano en la pequeña Cádiz, que se abre al mundo y lo deleita desde el interior de sus murallas.

Los recuerdos más arraigados los traigo sin dudas de Cádiz. Debe ser porque fue mi primer destino y el que más sufrí. Donde más tiempo extrañé a los míos y donde más míos hice a los ajenos.

Llegué una medianoche, luego de dieciséis horas de vuelo más ocho de micro. En el hostel me recibió una expresión cosmopolita y un copón de vino

  • ¡Bienvenido!, vos sos el nuevo voluntario – deslizó Tania, de Bielorrusia, esforzándose por hablar un poco en español.

Inmediatamente llegó Dávide, de Italia, con su botella de vino a medio tomar y una copa de más en la mano. Hablamos lo correspondiente. Al día siguiente sería mi primer turno de trabajo, por lo que esa noche, fiel a cualquier verano laborioso, se me invitó a una fiesta. Me negué. No estaba cansado, había dormido las ocho horas arriba del micro, pero mi cabeza sentía que necesitaba estar solo.

Los días fueron transcurriendo, y cada vez duraban más los soles y los mates de sofá. Por pedido a los dueños empecé a trabajar en el turno de la noche, ya que me costó casi dos semanas acostumbrarme al cambio horario. Mis tardes se morían por lo general en La Caleta, hermosa playa de la costa gaditana, casi siempre acompañado por una historia nueva para contar.

Ya para ese entonces pasaba algunas tardes tocando el guitarlele en alguna esquina transitada de la calle Columela, y por supuesto, no perdía la costumbre de olvidarme entre las callejuelas laberínticas de la ciudad. Me encantaba pasear y perderme, quedarme atontado durante varios minutos observando el hierro fundido que cubre las esquinas de las cuadras mientras dibujaba en mi cabeza las historias de carrocerías atravesando tan pequeño espacio.  Las paredes de roca húmeda, el pequeño coliseo, la sensación irremediable de sentirse un instante cuando se mira desde el borde de la costanera.

Hubo un día, uno solo, que rompí esa platónica rutina. Estaba tocando en la misma esquina que el día anterior mi repertorio repetido. Los acordes no sonaban tan claros y la voz aún menos. Era de esas veces que nada salía según lo previsto. El conjunto de nervios jugaba un rol fundamental. Nunca me fue fácil la exposición, y mucho menos a sabiendas de que si veía las sirenas, debía levantar todo rápido e irme. Debí haber parado de tocar. Mi gorra ya juntaba las monedas suficientes para la comida de ese día, pero yo me convencí de seguir, de que solo era un recuerdo de mi autoestima derrotista y que, en realidad, no estaba todo tan mal. Me empujé de nuevo a la soltura, pero no fluía. La voz se me desgarraba y el guitarlele segundo a segundo  sonaba más chato. “Bueno, dos canciones más a ver si mejora” me dije. Respiré hondo y deslicé el Si menor con ritmo cumbiero, dándole inicio a “Él ángel de la bicicleta”, de León Gieco, canción que el día anterior me había devuelto grandes satisfacciones. Empecé a cantar, o al menos a pronunciar métricamente algunas palabras. Sentía la vista de todos sobre mí, pero al mismo tiempo nadie me miraba. Eran como prejuicios. Como activar los sentidos solo para alimentar el propio ego a costa de los otros. De otro. De mí, en este caso.  Me acercaba al estribillo, cada vez más convencido de irme al terminar el tema. Llegué. “Bajen las armas”, y justo cuando iba a cambiar de acorde, se detuvo un hombre frente a mí, que sin mediar palabra me insultó burlonamente y se fue. Hice lo único que sé hacer cuando mi autoestima corre peligro: endurecerme. Guardé rápido mis cosas y caminé en dirección a él. Lo insulté. Se dio vuelta, y en una especie de ademán ridículo trató de justificarse. No sé cuánto tiempo pasó, pero para mí fue un letargo. La gente alrededor miraba, el hombre se fue entre risas y yo regresé a mi esquina. Amagué a tocar nuevamente, pero no pude. Algo se había roto, y a mi instrumento le esperaba un mes para salir nuevamente de la funda.

Junté todo y volví al hostel. Junté todo, y durante casi un año no volví a tocar en público.

Junté todo, y entendí que aún me faltaba mucha mente por viajar.

.

.

 

También podés escuchar el podcast en mi canal de youtube Hernán Ansede, o mismo entrando en este link https://www.youtube.com/watch?v=LZJEZNbJAa4&feature=youtu.be

Mismo podés seguirme a través de mi instagram @mateviajero_ , donde voy subiendo los distintos capítulos, fotos de viaje y, por supuesto, poesía, cuentos y relatos.

Bitácoras de viaje – #1. El inicio

Todavía me acuerdo, un invierno atrás, cuando mi viejo me preguntó si quería volver. Íbamos de camino al aeropuerto porque yo había decidido dejar mis cosas y largarme a viajar sin un rumbo claro. Ese día yo sabía que estaba frente a la concreción de un sueño, y que seguramente habría muchísima gente a la que le hubiera gustado estar en ese lugar, pero lo cierto es que nada en mí expresaba esa sensación. Incluso mi viejo, que poco sabe de lenguaje corporal y sentimientos, me vio tan distinto que atinó a preguntarme si quería volver a mi casa, dejar el sueño en stand by. Volver a Lugano y tomar – tranquilo – unos mates, mientras en Ezeiza alguna azafata repite mi nombre en altavoz cada tres minutos para informar que si no me presento con urgencia, el avión rumbo a Madrid partiría sin mí.  Quizás la voz metálica también agregaría que me anime, que es solo dar un paso más. Y en su segundo llamado me diría que ya casi no hay tiempo, que corra con los ojos cerrados y que no sea cobarde. Finalmente llegaría el tercer y último llamado, donde luego de un suspiro, me desearía un futuro donde las libertades no duelan tanto.

Es que no había nada en mí que me motivara aquel día. De un momento a otro, todas, absolutamente todas mis certezas se iban a suicidar. Al día siguiente estaría en un paisaje desconocido, en una cama que no era la mía, probablemente rodeado de extraños, ni siquiera el clima sería el mismo. O la hora. Nada. Y ese vacío, esa soledad repentina me carcomía la mente bien adentro, justo donde guardaba mis espacios de confort. Yo creo que en el fondo sabía que me esperaban días enteros de desilusión y que el panorama no iba a aclarar hasta que no me ocupara de limpiar toda la oscuridad que me nublaba la vista. Creo que en el fondo sabía, porque lo único que sentía era vértigo. Me esperaba el vacío, y yo ya había decidido saltar. Asique lo miré a mi viejo y me permití una última mentira: le dije que sí, que quería viajar, y sonreí, como ya era costumbre para ocultar lo que realmente me pasaba. No me volvió a preguntar y yo, recién cuando subí al avión me animé a despedirme de mis últimos silencios y de todo aquello que no quería volver a ser.

.

.

.

.

También podés escuchar el podcast en mi canal de youtube Hernán Ansede, o mismo entrando en este link https://www.youtube.com/watch?v=nSSzZ7_5j4Q&feature=youtu.be

También podés escucharlo a través de mi instagram @mateviajero_

Pajaritos

Existe, en la ciudad de Granada, el barrio Pajaritos, donde cada calle – además de estar vestida de naranjos – lleva el nombre de un ave. Dicen quienes recuerdan desde el primer momento, que la ciudad entera es una invitación a volar y que es desde el alto de la colina – justo al lado de las cuevas – en donde se inicia el recorrido. Los más reacios, en tanto, afirman que el ya mencionado barrio logra transmitir en cada calle la sensación de un volar diferente. Nadie que haya caminado por las cuadras de Alondra podrá olvidar, al horizonte, tan claro atardecer, y mucho menos las dulces melodías que lo acompañaron. Lo mismo sucede pocos metros hacia el este, donde se logra tener la sensación de haber sobrevolado toda la ciudad en un abrir y cerrar de ojos. Ya más cerca de sus límites está la calle Faisán, en la que resulta imposible caminar sin una sonrisa dibujada en el rostro. Paradójicamente esta calle desemboca en la estación de tren, lugar donde se producen todos los encuentros y se alcanza a ver, al menos, un abrazo cada día.

Resulta imposible imaginar Granada sin sus perspectivas, o sin el aire cálido que da planear entre sus curvas; por eso hay que saltar, lanzarse al paisaje y ser un ave más del barrio, ya que solo de esa forma podremos entender el vuelo como una forma distinta de amar.

Andalucía

En todo el tiempo que llevo recorriéndola solo puedo llegar a una conclusión: Andalucía es una región fantástica. No me canso de caminar, recorrer y ver en cada rincón un nuevo paisaje, de oír una nueva historia entre sus callejones antiguos o de, simplemente, cebar mates a la sombra de algún castillo añejo. Cada día, cada calle escondida es un nuevo misterio, y por eso, desde aquel primer día en la ciudad de Cádiz, tomé la decisión de caminar sin coordenadas por cada pueblo o ciudad que transite, sin importar día u horario. Era algo así como ir esbozando mis propios mapas. Ya sabía, por ejemplo, que si en Cádiz caminaba en dirección paralela al mar del este, me encontraba con uno de los parques más grandes del casco antiguo, del mismo modo, en dirección opuesta, llegaba al castillo de San Sebastián. También sabía que si desde el camping donde dormía en Tarifa caminaba alrededor de una hora sobre la ruta, me encontraba con un bosque y que, si me adentraba por los senderos que atravesaban el pastizal, podía llegar a unas playas paradisíacas que solo los locales conocían. Pero lo más importante de esto no era encontrar lugares, lo más importante era saber, siempre, que camine por donde camine iba a encontrarme con algo que valdría la pena recordar, ya sea un paisaje, una historia o, por qué no, un concierto de flamenco. La idea de perderse adrede fue, mes a mes, más tentadora, y no imaginaba otra manera de conocer las ciudades que no sea esa. A veces, admito, era un tanto complicado volver al punto de origen, más si uno era disperso en el camino, pero lo más difícil de encontrar el camino de vuelta es que, para el que no sepa, Andalucía solo cuenta con dos direcciones, a diferencia de cualquier otra parte del mundo. Aquí se desobedecen los manuales e incluso los puntos cardinales. A la hora de preguntar a cualquier persona cómo llegar a cualquier lugar solo hay dos respuestas posibles: ir para arriba o para abajo. Mejor dicho, parriba o pabajo. No importa que en mi recuerdo haya dado mil vueltas, girado en más de quince esquinas o incluso caminado en llano. Es para arriba o es para abajo, no hay otra dirección posible. Lo mismo sucede con los autobuses, los taxis o cualquier medio de transporte. No hay diestra o siniestra, norte ni sur. Por eso, a veces, siguiendo la política de perderse adrede, se hace difícil cumplir con los horarios de llegada. Yo que nunca en mi vida he sido impuntual, en Andalucía aprendí que el horario no es tan importante o que, cuando pregunto alguna coordenada, lo mejor es ir corroborando cada cierta cantidad de metros para saber – cuando es en llano – en qué momento termino de subir o de bajar. Por seguir una sola indicación he llegado a caminar varios kilómetros de más en busca de un bar tradicional, aunque supongo que eso será también atribuible a mi alto nivel de distracción. Por eso también trato de ir atento, ampliando mis nuevos mapas de improviso ya que, en definitiva, no hacen falta tantos rumbos para encontrarse a uno mismo.

Cádiz

Cadiz, ciudad de los mil pasados; cuentos de guerra, comercio y roca húmeda. La cirquería romana, el clamor de los fenicios . Cadiz de playa y castillos, ciudad partida al medio. Al norte, como siempre , el esnobismo; las calles lustradas, las paredes de algodón. Dicen, también, que las playas son de nieve, que nos niños nunca gritan cuando juegan y que, los días lunes, nunca sale el sol. Cruzando las murallas olvidadas y tiñendo las pupilas hay historia, paredes dibujadas al unisono y faroles de paisaje. Las calles se confunden con los sueños, y el cielo se ilumina dependiendo quien lo mire. Síntoma kafkiano en la pequeña Cadiz, que se abre al mundo y lo deleita desde el interior de sus murallas.

Los secretos de Villa Lugano

Según cuenta la leyenda existe, en el barrio de Lugano, un sinfín de secretos nunca revelados. Hay quienes dicen que fue José Soldati, reconocido fundador del barrio, quien trajo desde Suiza un cofre cargado con las más puras realidades y que, ese cofre, descansa oculto en algún rincón del viejo distrito. Otros afirman que Lugano no es el único barrio que encapsula secretos, sino que hay otros como Parque Patricios, Pompeya o Mataderos que también gozan de esa fama. Según dicen, tras haber dividido la Ciudad en dos grandes mitades luego de la epidemia, el sur se pobló de fantasmas que cada noche, a la luz de las velas y lejos de la seca mirada de la indiferencia, escondían en cada rincón una receta de antaño. Muñecos de trapo, trozos de madera de un barco inmigratorio, o el idioma irresoluble del mestizaje cultural.

Todos los días el sur amanecía distinto, con el gusto especial que guardan las intrigas. Sabor a tango, tal vez, o a algún candombe rioplatense que recuerde las rutinas. Las tardes se escapaban en momentos, en blandas escenas de baile, en los parques hechos cruces que guarden y resguarden aún más cada secreto. Las noches  se iban al calor de las velas y de los sueños rotos, derramaban los llantos guardados durante el día, contaban en secreto a los fantasmas de sus más cercanas penas.

Con los años, el sur seguía siendo sur, y el norte cada vez más norte, con sus calles asfaltadas, sus mansiones de terciopelo, y el gusto abrillantado de la vida, la salud y los deseos. Al sur se tomaba mate en las esquinas, se bailaba por las tardes y sonaba en eco el redoble de los bombos. Se lo oía a Goyeneche en los discos, o en las noches sonámbulas de los clubes de barrio. Palpitaban bandoneones y se bailaba sin dar clases, sin saber más que el propio sentimiento. Al sur se embarraban los tobillos los días de tormenta, se inventaba una poesía disidente, se saltaba entre las murgas de colores, y el agua de las calles era solo una excusa para zapatear un poco más.

Dicen los que dicen, que en realidad esos son los pequeños secretos que guardan los barrios porteños del sur y que, a diferencia de otros barrios, no han olvidado las costumbres, mucho menos sus ganas de bailar. Que de tanto en tanto, por las tardes, los abuelos toman mate en las esquinas, o los niños y niñas juegan a la escondida por las anchas veredas que asoma la avenida. Cuentan de los tangos y las cumbias, de las zapatillas desgastadas; también cuentan los relojes de oro que no alejan al recuerdo de un almuerzo familiar. Dicen, en realidad, que el secreto es uno solo, y que es secreto, justamente, porque nadie lo quiere escuchar.

Sagasta

La incursión de Sagasta en el mundo del teatro había sido, creo yo, una de sus mejores decisiones. Ahora tenía un espacio donde expresarse y florecer su batalla interna cargada de melodramas, treguas y caminos sin sentido. Es que en los últimos años, con la llegada de las nuevas reglas y la estructura antigua, comenzó a verse desplazado de lo que algún día, supo, era su historia. Las calles encimadas de colores, grandes playas proyectadas en los vidrios de oficina y tantas otras cosas que le hacían saber que eso no era él y él, definitivamente, no era eso. Por eso optó por el arte del maquillaje, de la poesía escondida. Optó por vestirse de zapatos cuando algún distraído baile el carnaval del pueblo, por ser el vidrio que espejara el horizonte. Optó por no vestirse de colores, o sí, en realidad, cuando nadie lo mirara con sorpresa. Supo esconderse entre esas calles que no van a ningún lado, albergar en su estructura cientos de poesías diferentes y mezclarlas a su gusto, como quien juega con los número s sin buscar un algoritmo. Supo ser, y de tanto en tanto se lo encuentra por las calles sin sentido respirando arquitectura, disolviéndose en el muelle a sabiendas de la historia y viendo cómo el sol se esconde hacia el vientre de La Caleta.
Es imposible caminar estas calles y no sentirse acompañado, porque Cádiz es Sagasta, y él, sin dudas, es la absurda anatomía que envuelve a esta ciudad.

Recuerdos

Recuerdo cuando me enamoré del pasado, ese presente tan absurdo que corría entre hojas borroneadas y aires claros de pasión. El eco y el redoble, los gritos auxiliadores, y un mundo que parecía derrumbarse a cada paso en falso, a cada abrazo. Recuerdo el patio del colegio, el motín improvisado; el día, la noche y lo que había en medio. Antes y después de muertos, incluso renacidos, recuerdo todo. El aroma de vainillas, el sol tenue que se colaba sin tapujos por las grietas de la historia; el amor a cuentagotas, tantos días invertidos, el olor que emanaba mi cruenta anatomía. Recuerdo el sí, el no. El fin. El crack. Los días que siguieron, y tantas noches apartadas, tantos gritos de abstinencia.  El olvido. Eso sí que no recuerdo, y lo entiendo, ya que en este tiempo de inconsciencia he reído a carcajadas, y a decir verdad, no recuerdo cuál fue el último presente del que estuve enamorado.

Mar mediterráneo

Ese día el calor era agobiante y la piel, cada vez más seca, se esforzaba por huir. Recuerdo, a mi derecha, cuatro niños inventando algún juego mientras nadaban sobre la arena, lejos de sus padres, claro, que apreciaban el tiempo de un modo diferente.

No sé en qué momento sucedió, pero de a poco mis pies comenzaron a sentir la corriente tibia del mar mediterráneo y, automáticamente, fue como si todo mi cuerpo cayera ante la misma armonía. Cada vez más mi piel iba perdiendo sus grietas, y el turquesa que daba el mar en perspectiva se iba haciendo nada más que cristalino. Mire atrás, hacia donde estaban los niños que nadaban en arena y mi cuerpo, por completo, sintió la sinfonía. Ya no había grietas; bailaba en la cúspide del agua, la sentía mía, la tierra, el suelo pegajoso. Tenía los ojos cerrados y solo pestañeaba para entender el tiempo; por la fina capa de mi neurosis atravesaba el mar, la infancia, los sueños protegidos. Solo podía oír el lento despliegue de las olas y algún que otro pájaro suicida. Ya los niños de la arena estaban lejos y era yo quien inventaba un juego diferente. En la pasividad el agua comencé a sentir cómo algo se agarraba de mi pie, como si buscara succionarme, llevarme hacia sí. De repente esa garra submarina fue trepando y comenzó a tomarme las rodillas; ya no era una sola, sino varias las plegarias que se sujetaban de mis piernas. Por un instante creí que mi cuerpo se fundiría con el agua y seríamos lo mismo; una capa de cordura, un espejo de lamentos. Mi mano diestra comenzó a ser parte mientras la tomaban, y fue en ese momento que me di cuenta que esa fuerza submarina era una mano, o varias. Cerré mi mano sobre aquella que me agarraba y sentí sus minúsculos cinco dedos, la piel agrietada y un temblor incontrolable, pese al calor que emanaban mis sentidos, esa otra mano estaba fría, lacerada. Sin pensarlo abrí los ojos, cargué el tiempo a mis espaldas y me sumergí por completo en el agua clara. Quise tomarle el brazo, abrazar el torso, pero ya no había nadie sujetando mi inconsciencia. Regresé fatigado hasta la orilla, confundido, también, por lo real de aquel momento, y mientras me secaba bajo el sol de primavera vi como ahora esos cuatro niños descansaban junto a sus padres.