Un lugar perfecto

Dicen que el lugar ideal para tomar unos mates es el parque, no importa cuál, y que se vería aún mejor si está bañado por una tarde de primavera, una bicicleta recostada a las espaldas, con varias esferas de colores que, a lo lejos, sostengan la tierra mientras dan color al cielo. Perros correteando con sus dueños, haciendo claros los paisajes y, por qué no, arruinando algún que otro picnic familiar en su intento por atrapar ese instante de felicidad convertido en anzuelo. El sol que a media luz caiga sobre los monumentos, los destiña, y que en la sombra proyectada se resguarden los niños ya cansados de tanto jugar. Un partido de fútbol en un estadio imaginario, con los arcos fabricados de abrigo y las líneas de cal pintadas en la mente de cada jugador, trazando una fantasía entre lo que debe y lo que puede ser. Unos bizcochos, un círculo asimétrico, y un sorbo que inhale en su inocencia el placer que da sentirse acompañado.

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La calle

En el treinta cincuenta de la calle espejada ya no hay gente, y los días se discuten en papeles y deidades. Se desprenden los rocíos, algún que otro sol de media luz, y resuenan en el aire los zapatos funcionarios. Ya no hay rejas invisibles ni calor alborotado; tampoco hay pasillos ni estaciones. En la calle ya no hay chismes, no están más los portales sin destino; no atraviesan el cielo los enigmas ferroviarios. Hay desdén, realidad sin fantasía; un estímulo arcaico que oculta la rutina. Es que ya no hay amor en la calle repetida.

Desencuentros

El atardecer ya había caído, mientras el olor fatigoso de la noche se asomaba por su puerta. Trabó todos los cerrojos y cerró las cortinas, asegurándose que no quede ninguna hendija posible por donde pueda colarse el sonido esquelético de la luna. Se sentó junto a la salamandra mientras destapaba, cuidadoso, una botella de vino, creyendo que esta vez iba a poder, por fin, sellar su encuentro con la muerte.

Tiempo pasado

Te vi, en una bitácora mental, en la más rara grieta del espacio -tiempo que se atravesó en un camino de vuelta a casa. Sí, te vi, pero no eras vos. Al menos veinticinco años distaban entre la última vez que charlamos y hoy, y de esa última vez con suerte han pasado dos. Por un segundo se abrió un canal de algún futuro, algún paralelo extravagante, que por primera vez me hizo cuestionar tu genealogía, ya que nadie dice que no sea un dibujo a color del pasado. Por supuesto que no me atreví a hablarte. En ese momento me dije que no podía intervenir una posible línea de espacio-tiempo, y mucho menos jugar con el vórtice de los futuros o los pasados, pero ambos sabemos que soy bueno inventando excusas. En verdad me quise atrever a preguntarte quién eras, pero el miedo que dan las fantasías me superó por completo; casi que me conformé con guardar un nuevo recuerdo y esperar. Tal vez dos años, o veinticinco, por qué no, y comprobar a dónde va el tiempo cuando uno olvida.

Calle Corrientes

Entraba, una vez por semana, por un pasillo vestido de asombros. El piso crujía y las blandas paredes dormitaban en su mundo de juicios y prejuicios disfrazados de eco. No había ni una ventana, aunque el fino durlock era suficiente para saber todo lo que pasaba alrededor. Al principio, su voz tibia y fina me esquivaba, como si no hubiera nada más importante que mirar el suelo y sentirse preso de la propia desnudez. Mis labios no se movían más que para decir algunos sustantivos invisibles e inocuos que nadie, siquiera yo, tenía ganas de escuchar. Me la pasaba mirando el piso de madera brillante, recién barnizada, aunque no por eso menos ruidoso, como si pudiera encontrar allí las respuestas a un mundo interno que no proveía soluciones.

Cada vez que caminaba por ese pasillo me enfrentaba al tiempo, mientras que ella parecía danzar por un tobogán de caramelo. Me guiaba, siempre me guiaba, como si supiera el peso enorme que cargaban mis pasos ausentes y mi automática risa fingida. Desde el piso – o, en realidad, por debajo – unas sucias y pálidas manos trataban de frenarme con todas sus fuerzas, pero los huesos suicidas, al igual que las reglas, han sido hechos para romperse. Siempre cruzaba el pasillo, luego la puerta, y nos sentábamos acompañados por el ruido del silencio. Ella tomaba sus hojas y acomodaba, oblicua, la taza de té. Entonces hablaba, con sus frases cargadas de retorno y su externa sencillez, mientras yo miraba cómo, en el suelo brillante, las manos desaparecían.

Edades

Mi madre, que tan solo tiene tres años más que yo, puede ordenar las estrellas a su gusto. Mi padre, con siete cortos (muy cortos) años menos que yo, adora revolucionar el agua. Mi hermano mayor, por tonto que suene, acuna entre sus brazos el futuro, mientras que mi otro hermano -que es menor que yo pero mayor que el primero- puede narrar historias con los dedos.

Mi pasado tiene más de cincuenta años, aunque solo abra los ojos para ver unos pocos, y la edad de mi futuro no la sé, pero creo que tiene cinco años menos que mi presente.

Una canción

En el año 2009, motivados por un concurso y por la rebeldía propia de la edad, decidimos, con un amigo, escribir una canción. Estuvimos no recuerdo si uno o dos días en el Parque Rivadavia trabajando en la anti-receta musical, es decir, primero la letra y después todo lo otro, y todo lo otro era la música, los propios músicos, el ritmo, etc. La lírica expresaba – creo yo – ese sentimiento de rebeldía que mencioné al principio. Era una poesía muy genuina y muy sincera con nosotros mismos, un aluvión de palabras que pedía a gritos salir de nuestros adentros y escupir a la cara todo aquello que nos hacía sentir tan rebeldes. Era una oda de inmadurez frente a una sociedad asquerosamente madura. El proceso, honestamente, no lo recuerdo, aunque debió haber sido como cualquier otro proceso creativo; un cuaderno, dos lapiceras, frases escritas y tachadas una y otra vez, debate, emoción frente a una idea, angustia por no encontrar la palabra que encaje al final del verso, risas. Lo que sí recuerdo es el contexto, o mejor dicho, una foto de aquellos días. Martín y yo con el pelo más largo que nunca, rebosando alegría y emoción – la cual apenas podía ser contenida por el guardapolvo del colegio – y acompañados por un sol de tarde que hacía más fácil cualquier inspiración. Recuerdo que una vez que terminamos, dijimos, con un con un nivel de autoestima que jamás volví a ver en mí “Está buenísima. Podemos ganar”
Post canción comenzamos a armar el rompecabezas inverso: pensamos el ritmo, la música, con dos amigos más formamos una banda exclusiva para el concurso, ensayamos y grabamos un demo para presentar. Debo decir lo que siempre digo desde ese momento: esa canción es, creo, la peor que escuché en mi vida, al menos en el mundo del rock; falta de armonía, errores de tempo, desafinaciones, dos guitarras descoordinadas que repetían la misma y aburrida frase y tantas otras cosas que ahora se me pasan por alto por no querer oírla de nuevo.
El concurso, obviamente, lo perdimos, y nuestra oportuna banda de rock murió junto con esa derrota. Durante muchos años reprimí aquel año dos mil nueve, lo oculté bajo una alfombra para que nada salga de ahí abajo. Era el único año distinto de mi adolescencia, lleno de excesivas rebeldías, de libertinaje, de colores y bajo nivel de estrés. Fue de hecho, uno o dos años después que a aquella canción que en origen me había gustado, le di el mote de ser la peor. Un mote del que no me arrepiento, pero que falla en mi propio resentimiento. Unos años después o, mejor dicho, hace muy pocos años, decidí mirar ese momento con otros ojos. Recordé el Parque Rivadavia como un espacio de distracción, dibujé en mis adentros todo aquello que exclamaban nuestros guardapolvos y, en vez de preguntarme el porqué de aquel dos mil nueve, empecé a dudar de la asquerosa madurez de los años posteriores, aquella que supo incomodarme alguna vez. Esta mañana, a muchos kilómetros de distancia, me acordé de esas tardes donde formamos una poesía rebelde, sucia, imperfecta. Me acordé de nuestras sonrisas, del cuaderno tachado, de la emoción inigualable de crear, y entonces me di cuenta que hace unos años vivo en uno de nuestros antiguos versos y que, por fin, lo pude cumplir: sentir en mí, esas ganas de escaparme y no volver.