Pajaritos

Existe, en la ciudad de Granada, el barrio Pajaritos, donde cada calle – además de estar vestida de naranjos – lleva el nombre de un ave. Dicen quienes recuerdan desde el primer momento, que la ciudad entera es una invitación a volar y que es desde el alto de la colina – justo al lado de las cuevas – en donde se inicia el recorrido. Los más reacios, en tanto, afirman que el ya mencionado barrio logra transmitir en cada calle la sensación de un volar diferente. Nadie que haya caminado por las cuadras de Alondra podrá olvidar, al horizonte, tan claro atardecer, y mucho menos las dulces melodías que lo acompañaron. Lo mismo sucede pocos metros hacia el este, donde se logra tener la sensación de haber sobrevolado toda la ciudad en un abrir y cerrar de ojos. Ya más cerca de sus límites está la calle Faisán, en la que resulta imposible caminar sin una sonrisa dibujada en el rostro. Paradójicamente esta calle desemboca en la estación de tren, lugar donde se producen todos los encuentros y se alcanza a ver, al menos, un abrazo cada día.

Resulta imposible imaginar Granada sin sus perspectivas, o sin el aire cálido que da planear entre sus curvas; por eso hay que saltar, lanzarse al paisaje y ser un ave más del barrio, ya que solo de esa forma podremos entender el vuelo como una forma distinta de amar.

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Andalucía

En todo el tiempo que llevo recorriéndola solo puedo llegar a una conclusión: Andalucía es una región fantástica. No me canso de caminar, recorrer y ver en cada rincón un nuevo paisaje, de oír una nueva historia entre sus callejones antiguos o de, simplemente, cebar mates a la sombra de algún castillo añejo. Cada día, cada calle escondida es un nuevo misterio, y por eso, desde aquel primer día en la ciudad de Cádiz, tomé la decisión de caminar sin coordenadas por cada pueblo o ciudad que transite, sin importar día u horario. Era algo así como ir esbozando mis propios mapas. Ya sabía, por ejemplo, que si en Cádiz caminaba en dirección paralela al mar del este, me encontraba con uno de los parques más grandes del casco antiguo, del mismo modo, en dirección opuesta, llegaba al castillo de San Sebastián. También sabía que si desde el camping donde dormía en Tarifa caminaba alrededor de una hora sobre la ruta, me encontraba con un bosque y que, si me adentraba por los senderos que atravesaban el pastizal, podía llegar a unas playas paradisíacas que solo los locales conocían. Pero lo más importante de esto no era encontrar lugares, lo más importante era saber, siempre, que camine por donde camine iba a encontrarme con algo que valdría la pena recordar, ya sea un paisaje, una historia o, por qué no, un concierto de flamenco. La idea de perderse adrede fue, mes a mes, más tentadora, y no imaginaba otra manera de conocer las ciudades que no sea esa. A veces, admito, era un tanto complicado volver al punto de origen, más si uno era disperso en el camino, pero lo más difícil de encontrar el camino de vuelta es que, para el que no sepa, Andalucía solo cuenta con dos direcciones, a diferencia de cualquier otra parte del mundo. Aquí se desobedecen los manuales e incluso los puntos cardinales. A la hora de preguntar a cualquier persona cómo llegar a cualquier lugar solo hay dos respuestas posibles: ir para arriba o para abajo. Mejor dicho, parriba o pabajo. No importa que en mi recuerdo haya dado mil vueltas, girado en más de quince esquinas o incluso caminado en llano. Es para arriba o es para abajo, no hay otra dirección posible. Lo mismo sucede con los autobuses, los taxis o cualquier medio de transporte. No hay diestra o siniestra, norte ni sur. Por eso, a veces, siguiendo la política de perderse adrede, se hace difícil cumplir con los horarios de llegada. Yo que nunca en mi vida he sido impuntual, en Andalucía aprendí que el horario no es tan importante o que, cuando pregunto alguna coordenada, lo mejor es ir corroborando cada cierta cantidad de metros para saber – cuando es en llano – en qué momento termino de subir o de bajar. Por seguir una sola indicación he llegado a caminar varios kilómetros de más en busca de un bar tradicional, aunque supongo que eso será también atribuible a mi alto nivel de distracción. Por eso también trato de ir atento, ampliando mis nuevos mapas de improviso ya que, en definitiva, no hacen falta tantos rumbos para encontrarse a uno mismo.

Cádiz

Cadiz, ciudad de los mil pasados; cuentos de guerra, comercio y roca húmeda. La cirquería romana, el clamor de los fenicios . Cadiz de playa y castillos, ciudad partida al medio. Al norte, como siempre , el esnobismo; las calles lustradas, las paredes de algodón. Dicen, también, que las playas son de nieve, que nos niños nunca gritan cuando juegan y que, los días lunes, nunca sale el sol. Cruzando las murallas olvidadas y tiñendo las pupilas hay historia, paredes dibujadas al unisono y faroles de paisaje. Las calles se confunden con los sueños, y el cielo se ilumina dependiendo quien lo mire. Síntoma kafkiano en la pequeña Cadiz, que se abre al mundo y lo deleita desde el interior de sus murallas.

Los secretos de Villa Lugano

Según cuenta la leyenda existe, en el barrio de Lugano, un sinfín de secretos nunca revelados. Hay quienes dicen que fue José Soldati, reconocido fundador del barrio, quien trajo desde Suiza un cofre cargado con las más puras realidades y que, ese cofre, descansa oculto en algún rincón del viejo distrito. Otros afirman que Lugano no es el único barrio que encapsula secretos, sino que hay otros como Parque Patricios, Pompeya o Mataderos que también gozan de esa fama. Según dicen, tras haber dividido la Ciudad en dos grandes mitades luego de la epidemia, el sur se pobló de fantasmas que cada noche, a la luz de las velas y lejos de la seca mirada de la indiferencia, escondían en cada rincón una receta de antaño. Muñecos de trapo, trozos de madera de un barco inmigratorio, o el idioma irresoluble del mestizaje cultural.

Todos los días el sur amanecía distinto, con el gusto especial que guardan las intrigas. Sabor a tango, tal vez, o a algún candombe rioplatense que recuerde las rutinas. Las tardes se escapaban en momentos, en blandas escenas de baile, en los parques hechos cruces que guarden y resguarden aún más cada secreto. Las noches  se iban al calor de las velas y de los sueños rotos, derramaban los llantos guardados durante el día, contaban en secreto a los fantasmas de sus más cercanas penas.

Con los años, el sur seguía siendo sur, y el norte cada vez más norte, con sus calles asfaltadas, sus mansiones de terciopelo, y el gusto abrillantado de la vida, la salud y los deseos. Al sur se tomaba mate en las esquinas, se bailaba por las tardes y sonaba en eco el redoble de los bombos. Se lo oía a Goyeneche en los discos, o en las noches sonámbulas de los clubes de barrio. Palpitaban bandoneones y se bailaba sin dar clases, sin saber más que el propio sentimiento. Al sur se embarraban los tobillos los días de tormenta, se inventaba una poesía disidente, se saltaba entre las murgas de colores, y el agua de las calles era solo una excusa para zapatear un poco más.

Dicen los que dicen, que en realidad esos son los pequeños secretos que guardan los barrios porteños del sur y que, a diferencia de otros barrios, no han olvidado las costumbres, mucho menos sus ganas de bailar. Que de tanto en tanto, por las tardes, los abuelos toman mate en las esquinas, o los niños y niñas juegan a la escondida por las anchas veredas que asoma la avenida. Cuentan de los tangos y las cumbias, de las zapatillas desgastadas; también cuentan los relojes de oro que no alejan al recuerdo de un almuerzo familiar. Dicen, en realidad, que el secreto es uno solo, y que es secreto, justamente, porque nadie lo quiere escuchar.

Sagasta

La incursión de Sagasta en el mundo del teatro había sido, creo yo, una de sus mejores decisiones. Ahora tenía un espacio donde expresarse y florecer su batalla interna cargada de melodramas, treguas y caminos sin sentido. Es que en los últimos años, con la llegada de las nuevas reglas y la estructura antigua, comenzó a verse desplazado de lo que algún día, supo, era su historia. Las calles encimadas de colores, grandes playas proyectadas en los vidrios de oficina y tantas otras cosas que le hacían saber que eso no era él y él, definitivamente, no era eso. Por eso optó por el arte del maquillaje, de la poesía escondida. Optó por vestirse de zapatos cuando algún distraído baile el carnaval del pueblo, por ser el vidrio que espejara el horizonte. Optó por no vestirse de colores, o sí, en realidad, cuando nadie lo mirara con sorpresa. Supo esconderse entre esas calles que no van a ningún lado, albergar en su estructura cientos de poesías diferentes y mezclarlas a su gusto, como quien juega con los número s sin buscar un algoritmo. Supo ser, y de tanto en tanto se lo encuentra por las calles sin sentido respirando arquitectura, disolviéndose en el muelle a sabiendas de la historia y viendo cómo el sol se esconde hacia el vientre de La Caleta.
Es imposible caminar estas calles y no sentirse acompañado, porque Cádiz es Sagasta, y él, sin dudas, es la absurda anatomía que envuelve a esta ciudad.

Recuerdos

Recuerdo cuando me enamoré del pasado, ese presente tan absurdo que corría entre hojas borroneadas y aires claros de pasión. El eco y el redoble, los gritos auxiliadores, y un mundo que parecía derrumbarse a cada paso en falso, a cada abrazo. Recuerdo el patio del colegio, el motín improvisado; el día, la noche y lo que había en medio. Antes y después de muertos, incluso renacidos, recuerdo todo. El aroma de vainillas, el sol tenue que se colaba sin tapujos por las grietas de la historia; el amor a cuentagotas, tantos días invertidos, el olor que emanaba mi cruenta anatomía. Recuerdo el sí, el no. El fin. El crack. Los días que siguieron, y tantas noches apartadas, tantos gritos de abstinencia.  El olvido. Eso sí que no recuerdo, y lo entiendo, ya que en este tiempo de inconsciencia he reído a carcajadas, y a decir verdad, no recuerdo cuál fue el último presente del que estuve enamorado.

Mar mediterráneo

Ese día el calor era agobiante y la piel, cada vez más seca, se esforzaba por huir. Recuerdo, a mi derecha, cuatro niños inventando algún juego mientras nadaban sobre la arena, lejos de sus padres, claro, que apreciaban el tiempo de un modo diferente.

No sé en qué momento sucedió, pero de a poco mis pies comenzaron a sentir la corriente tibia del mar mediterráneo y, automáticamente, fue como si todo mi cuerpo cayera ante la misma armonía. Cada vez más mi piel iba perdiendo sus grietas, y el turquesa que daba el mar en perspectiva se iba haciendo nada más que cristalino. Mire atrás, hacia donde estaban los niños que nadaban en arena y mi cuerpo, por completo, sintió la sinfonía. Ya no había grietas; bailaba en la cúspide del agua, la sentía mía, la tierra, el suelo pegajoso. Tenía los ojos cerrados y solo pestañeaba para entender el tiempo; por la fina capa de mi neurosis atravesaba el mar, la infancia, los sueños protegidos. Solo podía oír el lento despliegue de las olas y algún que otro pájaro suicida. Ya los niños de la arena estaban lejos y era yo quien inventaba un juego diferente. En la pasividad el agua comencé a sentir cómo algo se agarraba de mi pie, como si buscara succionarme, llevarme hacia sí. De repente esa garra submarina fue trepando y comenzó a tomarme las rodillas; ya no era una sola, sino varias las plegarias que se sujetaban de mis piernas. Por un instante creí que mi cuerpo se fundiría con el agua y seríamos lo mismo; una capa de cordura, un espejo de lamentos. Mi mano diestra comenzó a ser parte mientras la tomaban, y fue en ese momento que me di cuenta que esa fuerza submarina era una mano, o varias. Cerré mi mano sobre aquella que me agarraba y sentí sus minúsculos cinco dedos, la piel agrietada y un temblor incontrolable, pese al calor que emanaban mis sentidos, esa otra mano estaba fría, lacerada. Sin pensarlo abrí los ojos, cargué el tiempo a mis espaldas y me sumergí por completo en el agua clara. Quise tomarle el brazo, abrazar el torso, pero ya no había nadie sujetando mi inconsciencia. Regresé fatigado hasta la orilla, confundido, también, por lo real de aquel momento, y mientras me secaba bajo el sol de primavera vi como ahora esos cuatro niños descansaban junto a sus padres.